viernes, 3 de junio de 2011

Mi hermano. Mi amigo




Julián Tajafuerte Corral, mi hermano, nació el 20 de setiembre de 1948 en la misma casa en la que lo hice yo en la tudelana calle de la Rúa que entonces tenía el nombre de Mariano Sainz. Actualmente esta vivienda es la sede de la Peña La Jota. Por inverosímil que parezca, recuerdo las circunstancias de su nacimiento a pesar de contar solamente tres años de edad. Es una de esas imágenes que se quedan grabadas en la memoria.

A los catorce años comenzó a trabajar en un taller de herrería, después en un tostadero de café y con posterioridad en diversos talleres mecánicos. Se especializó en reparación de maquinaria agrícola.

A los 26 años contrajo matrimonio con Ana Mari y un año más tarde llegó Quique. Para entonces Julián era un experto profesional. Tuvieron que transcurrir nueve años para que la familia se viera incrementada con el nacimiento de dos gemelos. Estos no trajeron su pan bajo el brazo, sino un despido improcedente.

Fue una situación muy delicada. Mi hermano no se arredró. Comenzó a recorrer los pueblos limítrofes reparando in situ tractores, cosechadoras  y toda clase de maquinaria agrícola. Poco después se estableció con la apertura de un taller en el barrio de Lourdes, inicialmente para la reparación de tractores y motocultores, posteriormente lo amplió  a la reparación de toda clase de vehículos de motor. Le marcharon bien las cosas y contrató algún trabajador. La empresa crecía y los hijos también.

Quique se incorporó al trabajo e Iñaki y Mikel lo hicieron después de sus estudios. Llegó un momento, tenía casi sesenta años,   en que cedió el timón al mayor de sus hijos reservándose para él exclusivamente la reparación de motocultores.  Comenzó una nueva vida mucho más relajada y hace ocho meses, a los sesenta y dos años, se jubiló definitivamente.

Mi relación con el siempre ha sido muy especial. Éramos solamente dos hermanos y nos hemos querido mucho. Sé que siendo niños yo era su referente, su hermano mayor. Para mí era mi hermanico al que había que cuidar y defender. Yo marché a estudiar y, según sus palabras, esto lo dejó descolocado, me echó mucho de menos. De mayores cada uno hicimos nuestra vida pero sabíamos que nos teníamos el uno al otro para cualquier eventualidad. Cuando éramos jóvenes quizá él me admiró, más tarde yo envidié y admiré su capacidad emprendedora.


Cuando me jubilé, él fue quien más me animó para emprender la aventura de mi investigación familiar en la que estaba muy interesado. Era lector incondicional de todo lo que yo escribía. En ocasiones me preguntaba ¿Qué te ha pasado esta semana que no has escrito nada? 

Últimamente nos habíamos acercado todavía más. Salíamos todos los sábados con nuestras esposas en compañía de nuestros amigos. Habíamos iniciado paseos semanales a diversos lugares. Viajamos juntos a Rusia.  Estábamos en un momento inmejorable de nuestra relación.

Julián y yo en nuestro último paseo


El día 21 del mes pasado nos despedimos después de cenar puesto que nosotros emprendíamos un viaje a Viena y El Tirol al que ellos no quisieron unirse. No he vuelto a verlo con vida. El pasado domingo día 29 de mayo, en Innsbruck, una fatídica llamada de teléfono a las nueve de la noche dinamitó nuestro placer. Julián había fallecido hacía apenas dos horas en un infortunado accidente de tráfico.

El choque frontal con un camión segó su vida y truncó, junto a las nuestras, las  de su esposa y sus hijos. Al cabo de los años se ha tomado su revancha: ahora soy yo el descolocado y el que le echa de menos. La diferencia estriba en que mi hermano no retornará con nosotros.

Quique ha sabido estar a la altura de las circunstancias demostrando que el timón está en buenas manos. Ana Mari, destrozada, sacará fuerzas de flaqueza para dedicarlas a sus hijos y nietas. Iñaki y Mikel, como siempre al alimón, arrimarán el hombro para seguir adelante. Nosotros y nuestros hijos estaremos ahí apoyando con todo nuestro cariño.

Afortunadamente el tiempo mitigará nuestra desolación y hará más soportable el vacío en que nos ha sumido este desgraciado suceso. 

martes, 19 de abril de 2011

Javier

Ya está aquí. Ya lo tenemos con nosotros. El primer Tajafuerte nacido fuera de Tudela ha visto la luz nada menos que en tierras extremeñas, en la monumental Cáceres.

Con nuestro nieto no se ha dado el “no hay dos sin tres”, sino lo de “a la tercera va la vencida”, puesto que en esta ocasión se trata de un niño. Si tenemos en cuenta las nietas de mi hermano, el Tajafuerte varón ha venido al quinto intento, cumpliéndose aquello de que "no hay quinto malo". Indudablemente si se hubieran completado el trío o quinteto de niñas, según se mire, estaríamos de la misma manera encantados de la vida.

Castillo de Javier


Sus padres le han puesto por nombre Javier. Las connotaciones navarras de este apelativo no dejan lugar a dudas. Se trata del pueblo donde se encuentra ubicado el castillo en el que nació el navarro más universal de todos los tiempos: San Francisco Javier. Es un lugar precioso al pie de la sierra de Leyre. Esperemos que esto le haga tener en cuenta, en la medida de lo posible, sus raíces. Aunque esto no es  lo más importante,  sino que cause la alegría de sus progenitores,  sea muy feliz en la vida y haga la felicidad de los que le rodeen, convirtiéndose en una excelente persona, honrada, apreciada  y  portadora de toda suerte de virtudes.

Tampoco sería nada baladí que, dados los tiempos que vivimos, traiga un pan debajo del brazo. Si en lugar de pan  trae  algo más sustancioso,  miel sobre hojuelas.

Bienvenido Javier a engrosar el número de esta familia. Junto a tus primas Leyre y Nerea, eres nuestra alegría y nuestro cariño va ser tu compañía permanente.

sábado, 8 de enero de 2011

La tía Lucía

La hermana de mi padre siempre fue una mujer muy guapa. Por otra parte, tengo la convicción  de que sentía por sus hermanas y hermano una gran predilección. En una ocasión me contó que por poco no dejó tuerto a mi padre. Cuando eran jóvenes, jugando,  le tiró con uno de los útiles de la antigua "cocinilla económica" con tan mala suerte que le atinó en el ojo. Lloré como una Magdalena, me dijo.

Se trasladó a Barcelona tras el revés de una relación fallida por carecer de fortuna. Allí conoció al padre de mi primo, casó con él y cambió su suerte. Mi tío, al que yo no conocí, era un señor afectuoso, educado, bien situado económicamente que la colmó de cariño y llenó su vida de satisfacciones y comodidades.

De mi infancia, recuerdo con nostalgia aquellos envíos que recibíamos de tía Lucía por navidad cuando vivíamos en casa de la abuela, Degustamos, sorprendidos, los sabores desconocidos de artículos prohibitivos para nosotros en aquel tiempo. En el año 1951, viviendo ya en la calle Magdalena,  heredé de mi primo Paco una bicicleta de color rojo pequeña, de barra y de piñón fijo, con la que causé la envidia de todos los niños del barrio: yo tenía seis años y ¡¡UNA BICICLETA!! Más tarde, ya de joven, recibí algún que otro traje porque yo era el único que usaba la talla que él dejaba debido a que se le quedaba pequeña.

Todos los sobrinos, unos más y otros menos, pasamos por casa de tía Lucía durante nuestra luna de miel, una costumbre que habían instituido mis padres y mi tía Josefina con su esposo cuando contrajeron matrimonio. De regreso de mi viaje de novios permanecí unos días con ella en Madrid, lugar donde entonces residía casada en segundas nupcias.

Solía venir a Tudela esporádicamente cuando todavía vivía la abuela. Después no tanto. La visité de nuevo en Barcelona con motivo de un curso de especialización  al que mi empresa me había enviado durante quince días. La última vez que coincidí con ella fue  en el funeral de mi tía Josefina.

Una vez jubilado pensé aprovechar un viaje para conocer la nueva Barcelona y hacerle una visita pero lo fui dejando en la trastienda. Pregunté a mi primo por ella y me manifestó que se encontraba bien físicamente, pero le fallaba algo la retentiva. Ante esta situación, desistí dado que no me reconocería y no tenía ya el sentido que yo me había imaginado. Me conformo con las informaciones que de vez en cuando requiero a Francesc (para nosotros siempre será Paco).

Cuando, hace unos meses, tuve una entrevista con su prima Aurora, hablamos y me reveló su cariño por ella. Me comentó que en una oportunidad había conversado con la persona con quien Lucía tuvo aquella relación juvenil y cuyo desprecio familiar fue el causante de su abandono de Tudela. Creyó notar algo de emoción en él cuando le dijo: ¡Que guapa era Lucía! ¿Verdad?

Hoy cumple 97 años y no quiero dejar pasar este día sin hacerle el pequeño obsequio de este afectuoso homenaje aunque ella no sea capaz de percibirlo puesto que la memoria la dejó olvidada en algún lugar del camino que ya no recuerda.


A pesar de la distancia y las escasas ocasiones en que hemos coincidido, o quizás a causa de ello, la tía Lucía siempre ha sido un referente muy querido para todos nosotros.